21 de diciembre de 2017

. La gloria de Independiente, el sueño de cinco azuleños  

El periplo de un grupo de hinchas del Diablo para presenciar el partido ante Flamengo, ese histórico cotejo que tuvo un final feliz para el rojo, ganador de un certamen continental luego de siete años. “Fue un sueño, son las cosas que la vida te da”, dijo Martín Sanz a EL TIEMPO.



Esta es la historia de una travesía. Una parte de la historia, porque los detalles insumirían directamente una revista o formato por el estilo. Los protagonistas estelares son cinco azuleños hinchas de Independiente de Avellaneda, que sin llegar a tener todas las confirmaciones necesarias, sin haber conseguido cubrir todas las previsiones requeridas, soltaron todas las amarras que la racionalidad aconsejaba no alterar y partieron camino al Maracaná de Río.

El equipo rojo tenía allí una cita histórica, una nueva final continental y, al igual que en 1995, ante el Flamengo para definir la Sudamericana (Supercopa doce años atrás). Un equipo reformulado y potenciado por Ariel Holan, un entrenador que se las tuvo que ver con toda la pavada mediática, de colegas e incluso hinchas propios y que acaba de renunciar merced a la barra brava de Independiente y las acciones que su “amor” por la camiseta le lleva a concretar.

Como se dijo, la travesía tiene protagonistas de Azul –Martín Sanz, Jerónimo Vidal, Sebastián “Piojo” Scabuzzo, Juan Pablo Arroyo y Eduardo Arroyo– y en la charla con EL TIEMPO tiene una voz, la de Sanz, quien relató el periplo (periplo con gusto no pica) que comenzó por no tener certeza alguna sobre el acceso a las entradas y terminó con un festejo interminable en la profundidad de un infierno carioca y encantador.

­–¿En qué momento toman la decisión de ir a ver la final de la Sudamericana?

–Somos un grupo que ya venimos del 2010. Yo llegue Azul en 2009 y en este tiempo he ido conociendo gente de Independiente por diferentes circunstancias de la vida. La verdad es que armamos un lindo grupo.

Cuando el rojo iba avanzando en la copa, empezamos a decir qué lindo sería ir a Río de Janeiro. La semifinal entre Flamengo y Junior la vimos Internet en mano, porque si era Junior nos íbamos a Barranquilla, y si era Flamengo, lo que todos queríamos, nos íbamos a Río.

–No les importaba el rival, ¿era una promesa o el atractivo mismo de la final?

–Habíamos hecho una promesa que íbamos a ir a la final sin importar cuál fuera el rival. La última vez que había ido a una final era en 2010 y una final se puede llegar cada cinco años, cada siete o quince, es difícil que sea todos los años. Así que le dije a los chicos de ponerle pilas para que los cinco de Azul podamos ir ver la final, donde se jugara.

–¿Cómo fue la aventura de conseguir las entradas?

–Teníamos los pasajes y pensábamos que conseguir la entrada iba a ser más fácil. Cuando entramos a la página para sacar el bono como socios, a los dos minutos de que empezó la venta colapsó la página. Ahí empezaron todas las preguntas de qué hacer: teníamos los pasajes pero no las entradas.

–Nunca especularon con el resultado de la primera final, ¿A la final iban si o si?

–No, nunca especulamos nada, le teníamos mucha fe al equipo y lo veíamos muy bien. Aunque tenía juventud, era un equipo maduro en defensa y muy atrevido en ataque. Somos muy futboleros todos; desde los cuartos de final estábamos viendo los posibles rivales y cuando nos tocó Flamengo estábamos contentos porque es más lindo ir a Río que a Barranquilla.

–Al no tener las entradas y avecinarse el partido, ¿cómo resolvieron esa encrucijada?

–En Buenos Aires hice muchos amigos de Independiente, íbamos a todos lados en aquella época. Estuvieron en Avellaneda haciendo cola por ellos y por nosotros, fueron a la sede el jueves y el viernes, pero la respuesta de la dirigencia era que no había más entradas. Ellos habían dicho que nadie saque pasaje. Éramos 8 nosotros (cinco de Azul y tres de Buenos Aires), nos juntamos en el aeropuerto y movimos. Ya lo vivimos en dos grupos. En el hotel se armó disturbio por el tema de las entradas, porque había mucha gente sin entradas, tal vez unas 2000 personas. El jueves fueron los de Flamengo, hubo incidentes con los del rojo.

Eduardo Arroyo, el que más experiencia tiene de nosotros, dice “yo voy al Maracaná, ahí vamos a conseguir”. Tres lo acompañaron y cuando salen del subte en Río, los paran dos pibes y le preguntan si estaban buscando entradas. “Sí, pero para la hinchada visitantes”, contestan. Esos chicos les dicen “quédense tranquilos que nosotros los vamos a hacer entrar mañana”. Yo empecé a pensar…estamos en Brasil, no nos quiere nadie, acá nos emboscan y se termina todo.  Estábamos muy jugados: habíamos quedado que a las 18 nos encontrábamos, el partido era a las 21.45. Los pibes de la favela nos esperaron, nos hicieron pasar de a 3, nos cobraron la entrada 420 reales…no lo podíamos creer porque nos habían pedido hasta 600 dólares. 420 reales serían aproximadamente 2500 pesos argentinos. Los puso Dios a esos pibes. El acierto fue de Eduardo Arroyo, porque no mucha gente se animaba a ir al Maracaná.

Había una seña que hacer entre nosotros, ya que entrábamos de a tres. Los primeros pasaban y si nos levantaban la mano, nosotros pagábamos las otras tres entradas que seguían, porque quería decir que no eran truchas. Los pibes se dieron cuenta y nos dijeron: “Ustedes están desconfiando, vamos a hacer una cosa: les damos las entradas, pasan y las pagan después”.  La verdad que esos chicos tenían más códigos que nosotros.

–¿Podés recordar ahora sensaciones más urgentes una vez dentro de semejante estadio?

–Ni bien entramos nos abrazamos todos, estábamos muy emocionados. El partido fue increíble, la gente de Independiente cantó todo el partido y los jugadores dejaron todo. Fue un sueño, son las cosas que la vida te da. Mi viejo siempre me dijo que la vida son momentos, y este momento no me lo olvido más.

–Una vez que terminó el partido, ¿el festejo siguió adentro del estadio?

–Sí. ¡Nos dejaron 2 horas en el Maracaná!, hasta la 1.30 de la mañana como para que se despeje bien el estadio. Hasta que terminó la transmisión de Fox nos dejaron la música a todo lo que daba, nos querían tapar con el volumen, y cuando terminó esa transmisión, apagaron todo y empezaron a juntar los cables. Ahí los jugadores salieron de vuelta y empezamos a festejar de nuevo, algo más íntimo. Fuimos a comer, nos acostamos muy tarde y al otro día nos levantamos para volver al país.

 

 

 

 

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